VIGILIA PASCUAL

La parroquia ha vivido una de las noches más grandes del año: la Vigilia Pascual, corazón de nuestra fe. Durante el Sábado Santo, la iglesia se fue preparando como quien dispone su casa para una fiesta muy esperada: limpieza, cuidado de cada detalle, abundancia de flores… todo hablaba de belleza, de vida, de algo grande que estaba por acontecer. La asamblea se preparaba en silencio, sabiendo que esa noche no es una más, sino la noche en la que todo cambia.

Al caer la noche —que en la tradición hebrea no es solo oscuridad, sino el tiempo en que Dios actúa, el momento en que Él interviene y salva— comenzamos la celebración. Así fue en la primera Pascua de Israel, cuando el Señor liberó a su pueblo de Egipto; así es también para nosotros: en la noche de nuestras tinieblas, Dios trae la luz.

La celebración se abrió con el rito del fuego en la plaza. De ese fuego nuevo, signo de Cristo resucitado, nació la luz que poco a poco fue entrando en la iglesia, iluminando la oscuridad. En procesión, con los cirios encendidos, avanzamos proclamando que la luz de Cristo vence toda tiniebla. Y entonces resonó en el templo el canto del Pregón Pascual, anunciando con solemnidad y alegría la victoria del Señor.

La Liturgia de la Palabra nos hizo recorrer toda la historia de la salvación: nueve lecturas, acompañadas de salmos cantados, que nos recordaban cómo Dios ha ido guiando, salvando y amando a su pueblo a lo largo del tiempo. Fue como escuchar, paso a paso, la fidelidad de Dios que nunca abandona.

Uno de los momentos más emocionantes llegó con el canto del Gloria. En ese instante, se encendieron todas las velas del altar y las luces de la iglesia. La oscuridad quedó atrás: la luz lo llenó todo, como signo de la Resurrección. Era imposible no conmoverse.

En medio de esta alegría, tuvimos la gracia de celebrar un bautismo: la pequeña Lucía fue incorporada a la vida nueva de Cristo. Su bautismo fue un signo precioso de lo que celebrábamos: la vida que vence a la muerte, la luz que se transmite, la fe que comienza.

La celebración continuó con la Eucaristía, vivida con profunda emoción y gratitud. Cristo, muerto y resucitado, se hacía presente una vez más para darnos su vida.

Y como no podía ser de otra manera, la fiesta culminó con alegría desbordante: el baile del Dayenú, recordando que todo lo que Dios ha hecho por nosotros es más que suficiente, más que abundante, más que motivo de alegría.

Después de acabar la vigilia, fuimos todos a celebrar este gran acontecimiento a un restaurante, a cenar el Cordero Pascual.

Damos gracias a Dios por esta noche santa, por su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado para nuestra salvación. Que la luz de esta Pascua no se apague en nosotros, sino que siga iluminando nuestra vida cada día. Porque Cristo vive… y eso lo cambia todo.